Frente a la realidad venezolana

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22 febrero 2015| Por Alberto Conde Vera |Opinión|
Un viaje a mi ciudad de origen, la muy noble y leal villa de San José de Cúcuta, como está escrito en su escudo, me permitió conocer más de cerca el fenómeno y la situación venezolana.

Ir a las ciudades de San Antonio del Táchira y de Ureña en el pasado, antes del ascenso del comandante Chávez a la presidencia, era realmente placentero por la variedad de productos que se podían comprar y transportar hasta Cúcuta.

Hoy el comercio de estas ciudades no reviste el mismo esplendor de esos años pasados, excepto por los almacenes chinos. El bolívar que a finales de los años 50 y a mediados de los 60 del siglo pasado, se cambiaba por $16 hoy tiene una relación inversa con el peso colombiano. Un bolívar vale 15 pesos. De modo que 10.000 pesos valen 150.000 bolívares.

De esta suerte comprar en Venezuela tiene unas ventajas extraordinarias para los cucuteños y en general para los habitantes colombianos de toda nuestras frontera con ese país.

Este es un aspecto muy importante porque realmente la cantidad de bienes que se transportaban hacia nuestras ciudades fronterizas era muy alta y fue esta una de las justificaciones del Gobierno venezolano para cerrar la frontera con Colombia.

Hacer mercado en San Antonio o en Ureña salía muy barato para los trabajadores colombianos y seguramente, de no ser estos productos subsidiados, esto hubiese significado un acicate para la industria venezolana, como lo fue para los productores colombianos en el período mencionado.

Pero Chávez se equivoca y en lugar de estimular la producción estimula el consumo mediante el subsidio, a la par que persigue a los productores que también, hay que decirlo, se han negado desde el comienzo del gobierno de Chávez a colaborar en la búsqueda de un nuevo modelo económico para salir de la crisis que, si bien es cierto no se inició con el gobierno bolivariano, si se ha agudizado con éste.

Observamos en Venezuela una estúpida lucha entre unos señores, la dirección del Partido Socialista Unido de Venezuela, quienes piensan que la ideología lo es todo, y una casta constituida por “grandes” industriales y comerciantes, acostumbrados a orientar el desarrollo del país considerando exclusivamente sus propios intereses.

Unos y otros se olvidan de la nación como tal. Como consecuencia de esta ciega lucha, en Cúcuta la inversión venezolana, en especial en la construcción, es importante, pues muchos de los inversionistas de ese país se trasladaron a esta ciudad nuestra que realmente se ha transformado.

Hoy hay dos modernos centros comerciales, se habla de uno mucho más grande y todos los almacenes de cadena que operan en Colombia hacen presencia en la capital nortesantandereana.

Supongo yo que los chinos (su presencia en la patria de Bolívar es cada día mayor) mucho más pragmáticos que los venezolanos, junto a otros inversionistas extranjeros, comprenderán que esta ciudad fronteriza (me refiero a Cúcuta) puede convertirse en un polo para penetrar las economías suramericanas empezando, claro está por Colombia.

Ciertamente es mucho el contrabando que sale de Venezuela hacia nuestro país a pesar de los controles de la guardia venezolana, de modo que uno puede colegir que hay corrupción entre los miembros de este estamento armado venezolano.

Pero no se puede asegurar, aunque si contribuye en algo, que esta sea la causa del desabastecimiento que hoy sufre Venezuela.

Lo cierto es que los inversionistas venezolanos y los extranjeros que operaba en ese país han salido de él buscando mejores perspectivas y los que se quedaron contribuyen a la escasez de alimentos que se registra en Venezuela produciendo al mínimo en unos casos o manteniendo altos sus inventarios de productos terminados, en otros.

Agreguemos que no hay en Venezuela políticas claras de fomento empresarial trazadas por el gobierno y en el sector de los recursos naturales igualmente es completamente equivocada la política pues el nivel productivo de las empresas del Estado disminuye y su producido se despilfarra absurdamente en subsidios internos y externos.

Estas son las principales causas de la pésima situación económica en el vecino país. Una vez más, supongo yo que China y sus inversionistas se aprovecharán de esta situación para aumentar su poder y su influencia sobre la economía venezolana, si Maduro, como se está viendo ya, acepta las exigencias y cambios en el modelo económico propuesto por los chinos.

Esta situación -dicho sea de paso-, debería llevar a los capitalista venezolanos, si quieren recuperara la dirección de la economía y del Estado, a buscar alianzas con los inversionistas chinos para facilitar el desarrollo económico de su país, en lugar de seguir poniéndose absurdamente, al surgimiento de un nuevo modelo y una nueva forma de relaciones internacionales, así Maduro y su equipo no tengan suficientemente claro el camino que han escogido.

De esta situación surgen varios interrogantes bien gruesos. Primero, ¿es posible en un país, como Venezuela donde la corrupción y la pobreza crecían aceleradamente antes del triunfo de Chávez, llegar a acuerdos con los dueños del gran capital y con los inversionistas extranjeros para acabar con estos dos flagelos sociales, con el fin de reorientar el desarrollo socio-económico, o, por el contrario esto es imposible?

Todo parece indicar que el nuevo aliado aparecido en la escena internacional, la República Popular China, puede facilitar el tracito no violento hacia modelos menos excluyentes y que realmente potencien el desarrollo de los países del tercer mundo, si las dirigencias económicas y políticas de estos últimos, entienden que la globalización no puede significar una oportunidad más para que esas dirigencias incrementen su riqueza a costa del dolor y el sufrimiento de los cientos de millones de trabajadores, así como la necesidad de mejorar las condiciones generales de vida de toda esta población que apenas puede subsistir en todo el mundo subyugado por el gran capital internacional.

Segundo, en el caso de la imposibilidad de los acuerdos entre las fuerzas que pretenden restablecer el orden social anterior -causantes de la miseria, la pérdida de sentido nacional, la miseria y la corrupción generalizada-, y las fuerzas que pretenden un cambio social, ¿qué podrían hacer estas últimas?.

En realidad esta es la discusión que la izquierda latinoamericana debería estar planteando en los organismos internacionales.

Las experiencias de las revoluciones del siglo pasado en Rusia, China, Corea del Norte, Albania, Cuba y Nicaragua y sus fracasos, por citar solamente unos casos, sugieren claramente que esos viejos métodos de la confrontación militar no son válidos en el mundo de la “posmodernidad”, como lo llaman algunos, entre muchas otras razones porque conducen a hegemonías y dictaduras insoportables, castrantes, y porque el mundo de hoy esta globalizado y es, por consiguiente, imposible mantener una lucha exclusivamente nacional, como también puede verse en todos los conflictos que vemos en distintas partes de la geografía mundial.

Siendo así, lo procedente sería diseñar y poner en marcha estrategias de desarrollo que tomando en cuenta las contradicciones de la nueva situación, cuando los conflictos tienen carácter internacional y cuando una nueva potencia, China, asoma sus narices con fuerza en el plano mundial, busquen integrar las economías regionales y consigan el apoyo de la nueva potencia mundial para hacerlas viables.

UNASUR, por ejemplo, y otras asociaciones de países del tercer mundo que ofrecen un mercado más grande, con mayores posibilidades de consumo y mayor disponibilidad de recursos naturales, como para invitar al establecimiento de empresas en los territorios cubiertos por estas asociaciones de países, sería lo conveniente actualmente, igual que el fortalecimiento y la internacionalización de las asociaciones gremiales.

En el caso concreto de Venezuela la posibilidad de evitar el fracaso está en la ayuda de la República Popular China. País que está interesado en evitar este fracaso porque conviene a su interés de penetrar las economías latinoamericanas. No obstante esa ayuda seguramente esté condicionada a realizar algunos ajustes y cambios en el modelo venezolano, como ha sido confirmado en Tele Sur por el Presidente Maduro en su intervención anual, transmitida íntegramente por este canal.

De no ser así el fracaso del proceso iniciado por Chávez, como todo parece indicar será inevitable, ¿Qué deben hacer los venezolanos? ¿Restablecer el antigüo orden social o inventar uno nuevo?.

Este mismo interrogante se plantea con respecto a Cuba, donde los norteamericanos comprendieron no solo que el aislamiento no tenía consecuencias sobre el modelo político cubano, sino que, antes bien, se convirtió en causa de su sostenimiento.

Además entendieron que Cuba podría convertirse en otro bastión para la expansión del poder económico Chino. ¿Qué podrían hacer entonces Venezuela y los pueblos latinoamericanos? Es evidente que ni Chávez ni su sucesor entendieron los cambios efectuados en el mundo a partir de los fracasos de los modelos chino y soviético y de la crisis norteamericana.

Deberían preguntarse cómo es posible que la economía norteamericana aún se encuentre resentida pero los inversionistas de esta nación, por el contrario, estén boyantes.

Como en algún otro escrito señalé, muchos expertos consideran que los capitalistas han perdido absolutamente su carácter nacional y que las bolsas de valores y las mismas empresas, con niveles de productividad que sobre pasan la demanda de sus mercados nacionales, se han convertido en transnacionales y en nichos donde los capitalistas de todo el mundo compiten internamente por su control.

China es hoy el paraíso para esos capitales y a su llegada se debe el acelerado progreso de la economía de esa nación, así como a una estrategia de desarrollo sabiamente concebida.

El mundo de hoy es un mundo que se mueve según la voluntad de un pequeño grupo de grandes inversionistas y es controlado y dominado por ellos gracias a un aparato financiero mundial portentoso. Algunos analistas llaman a ese hecho “el Imperio” y basados en este concepto consideran impropias las posturas que insisten en luchas exclusivamente nacionales, cuando se trata de enfrentar aparatos mundiales.

Los chinos comprendieron estas realidades antes que el resto y sus estrategias los han llevado a penetrar estos aparatos económicos y financieros que controlan el desarrollo del mundo.

Los economistas al servicio del gran capital consideran inadecuadas las propuestas de Piketty el economista francés que acaba de publicar un su ya mundialmente destacada obra, y tienen razón precisamente por lo anotado más arriba: ningún país puede tomar autónoma e independientemente medidas que disminuyan las utilidades de los “inversionistas” sin sufrir las consecuencias del enfrentamiento con estos.

Los capitales sencillamente emigran a países o regiones donde les ofrezcan mejores condiciones, sin que les importen las consecuencias sobre las poblaciones donde estaban ubicados.

El capital no tiene alma, ni patria, ni sentimientos, solamente tiene ambiciones de dominación y control.

El capitalismo genera inevitablemente la concentración de la riqueza y específicamente del capital en pocas manos, ese es el resultado inevitable de la competencia.

Una parte del problema venezolano se relaciona con esta ley capitalista, la otra con la miopía y la torpeza de sus gobernantes. ¿Qué hacer entonces? China encontró una respuesta pero es irrepetible para las pequeñas naciones latinoamericanas.

Es más, a la larga la política económica de ese país, por la miopía y posición exclusivista de los capitalistas y políticos latinoamericanos, se convirtió en el gran verdugo de los trabajadores y pueblos de esta parte del planeta.

A partir de ella se plantea una competencia inhumana por rebajar los salarios y escamotear las condiciones laborales de los trabajadores, al mejor estilo neoliberal.

En verdad, es un hecho que el modelo socioeconómico establecido en la mayoría de los países latinoamericanos – originado en las imposiciones de los regentes del sistema financiero internacional-, no responde a nuestras necesidades de desarrollo y crecimiento, sino que, por el contrario, hace más profundas las brechas culturales y económicas existentes entre los sectores populares y más pobres y la minoría más rica.

Así las cosas, es evidente que, como ya se ha dicho, una estrategia exclusivamente nacional sería inoperante desde la perspectiva de sacar de las condiciones de penuria, atraso cultural e intelectual, y subdesarrollo psicológico tanto al pueblo como al resto de los nacionales en cada país de la América latina.

Porque ahí en esos sectores sociales que se consideran avanzados, altamente civilizados, predomina el atraso en todos estos aspectos. Ser expertos o dominadores de un conjunto de técnicas, cualquiera sea su campo de aplicación, no significa ser desarrollados, ni avanzados.

Incluso hay saberes y formas de convivencia muchísimo más avanzadas en las comunidades indígenas latinoamericanas que deberíamos estudiar.

Habría que entender que ni hoy ni nunca el desarrollo humano se ha referido a imponer una determinada ideología o forma de entender el mundo a otros.

El desarrollo humano siempre se ha referido a componer armónica y empáticamente las relaciones entre la humanidad y la naturaleza, entre los mismos humanos y de cada humano consigo mismo. Es lo que planteaban algunas de las antiguas escuelas griegas, algunas de las filosofías de oriente y de los pueblos originarios de América.

También, claro está, hubo las escuelas contrarias que preconizaron, en base a la necesidad de subsistencia y como reflejo del mundo animal, la dominación de unos sobre otros, el dominio sobre la naturaleza junto a la conversión de esta en un simple instrumento para la existencia humana al comienzo y luego en el objeto de trabajo más importante para hacer y acrecentar el capital.

Así rompieron toda posibilidad de armonizar el desarrollo humano con el de la naturaleza. Es esta la tendencia predominante y por tanto la que deberíamos cambiar.

Pero no es eso lo que el “chavismo” hace en Venezuela; muy por el contrario persiste en la idea de la dominación y de la simple utilización de la naturaleza y del ser humanos como instrumentos o medios de producción.

¿Es la naturaleza y somos nosotros simplemente eso: medios de producción y sujetos de consumo? Pero aquí surge otra pregunta. Si nos mantenemos firmes en la idea de relaciones empáticas y constructivas entre los seres humanos y de estos con la naturaleza, ¿es posible introducir este cambio de manera inmediata e impositivamente? Evidentemente no. Entonces se requiere un plan y una estrategia para lograrlo en el largo plazo.

Las circunstancias que llevaron a Chávez a las instancias superiores del poder político en Venezuela y la prolongación del dominio de sus seguidores son muy parecidas a las del Ecuador y Bolivia: pueblos acostumbrados a la lucha política y contrarios a la lucha armada porque aprendieron pronto que esta no traía más que dolor y desesperanza.

Pueblos que creyeron en caudillos y que los llevaron a la presidencia de sus respectivos países para obtener finalmente el fracaso; pueblos que se cansaron de la corrupción y de la desidia de sus gobernantes y que, en lugar de renegar y maldecir de su suerte, decidieron ensayar su propio camino y respaldar líderes que eran rechazados y vilipendiados por los grupos económicamente dominantes en sus países.

Pero, a diferencia de Venezuela, los pueblos ecuatoriano y boliviano, tal vez a causa de la fuerza e influencia de los pueblos indígenas, al final se encontraron con líderes que comprendieron las reales posibilidades de cambio y su propia historia de luchas y que prefirieron avanzar unos pasos más en el largo proceso de la transformación de sus respectivas sociedades que causar un cambio drástico e inadecuado dadas las condiciones internacionales, lo cual no significa que estos países y estos pueblos hayan renunciado a una transformación más radical de sus sociedades, sino que han preferido diseñar sus propios destinos, sus propios caminos y sus propias estrategias para alcanzarlos, sacudiéndose el yugo de los organismos internacionales, todos al servicio del gran capital internacional, pero sin llegar a situaciones irreversibles y caóticas.

El pueblo venezolano en cambio entrega su confianza a un hombre que parecía el alter ego de los corruptos y desalmados gobernantes anteriores y que en su discurso al igual que Fidel Castro en Cuba, en sus comienzos, plantea el desarrollo de la democracia y la defensa de los derechos ciudadanos como parte fundamental de su proyecto, pero que luego, influenciado por los líderes de una izquierda trasnochada y fijada en los años 60 del siglo pasado, ignorando, como dice Foucault, que lo importante son las relaciones de poder alrededor de y las estrategias correspondientes a una doctrina, el marxismo, que tiene pretensiones de verdad científica y que por lo mismo hace ejercicios de poder excluyentes.

Esa misma izquierda ni siquiera considera lo que los humanistas imaginamos como leyes universales del desarrollo; leyes que el marxismo, a través de Engels, recogió bajo el formato del pensamiento dialéctico. Se trata de 5 leyes que en conjunto pueden resumirse así:

  • Todo en el universo está articulad e interactuando, de suerte que los análisis y las soluciones parciales son siempre insuficientes.
  • Todo está en movimiento y evoluciona de lo simple a lo complejo según siclos, ritmos y tiempos determinados de manera que no es conveniente ver las cosas estáticamente, sin reconocer sus comienzos, su historia, su estado actual y sus posibles proyecciones, del mismo modo que no es posible forzar su proceso evolutivo, basados en simples suposiciones o deseos nacidos de la pura imaginación desconectada del mudo real.
  • Todo obedece a procesos y en la realidad siempre habrá diversos procesos realizándose en simultaneidad y de manera concomitante pero sin mutuas determinaciones. Así que una cultura determinada evolucionará de una cierta manera, sin que tenga que ser determinada, por ejemplo por los procesos económicos, o políticos o al revés, pero sí concomitante con esos otros procesos.
  • En el movimiento evolutivo lo viejo será superado y negado por lo nuevo. La pregunta entonces sería: ¿Qué es lo viejo que muere y qué es lo nuevo que nace?.

Estas leyes, que sin ser de origen marxista fueron defendidas por los marxistas, han sido desconocidas prácticamente en todos los países donde esa doctrina predominó y orientó las revoluciones que llevaron a los “socialistas científicos” a la dirección del Estado.

Ciertamente, lo viejo que muere es el capitalismo cuya evolución inevitable es la monopolización, es decir la concentración de la producción y la centralización del capital en un número cada vez más pequeño de individuos en un proceso mundial, que hoy llaman los técnicos y economistas la “globalización” y cuya característica fundamental es la constitución de un formidable aparato financiero mundial del cual depende toda la actividad económica en el mundo.

El hecho de que el capitalismo sea el proceso que camina hacia la muerte no puede llamar a equivocaciones, porque ese sistema se parece a un moribundo que sufre permanentes crisis, pero que supera parcialmente hasta que su organismo pierde totalmente su capacidad de reacción, en una prolongada agonía.

Si miramos con atención el sistema social que se ha impuesto en la mayoría de las sociedades que componen el mundo actual, deberemos aceptar que su penetración en áreas que estaban fuera de su alcance como los países que conformaron la URSS, la China, la India y varios pises de África, es como esos bálsamos o medicamentos que reaniman a los moribundos por un tiempo que nadie puede precisar con anterioridad. Pero además el mismo Marx sostenía que un modo de producción no se derrumba hasta que haya desarrollado todas las fuerzas productivas (ciencia, tecnología seres humanos) susceptibles de ser desarrolladas en él.

¿Cuál es el límite final y cuando se alcanzará? Es de suponer que cuando todo el mundo haya alcanzado un alto y similar grado de desarrollo técnico científico y humano.

Así que su fuerza es todavía suficiente para frenar e impedir desarrollos sociales y locales que puedan ser virus letales para su existencia. Ese es el caso de Venezuela. Bien hace entonces China estimulando al máximo su propio desarrollo y empujando a países como Venezuela en ese mismo sentido.

No obstante, las contradicciones que se suscitan en el interior del sistema mismo, (precio vs. Valor del trabajo, empleo vs. Automatización de la producción y del control de la misma, campo vs ciudad, etc.), pueden ser aprovechadas por los países en proceso de desarrollo.

China un país que ha entrado en proceso de capitalización controlado por un Estado de características socialistas, busca su expansión en el mundo y encuentra en países como Venezuela la oportunidad para empezar ese proceso expansionista, sin el cual el capitalismo no es posible en el mundo moderno.

Este país, vecino nuestro, no tendrá, como he sostenido más arriba, otra alternativa que someterse a las recomendaciones del Estado chino si quiere recibir ayuda. ¿Es   triste esto? -como preguntaría algún spinocista-.

Pues depende de si tal sometimiento conlleva bienestar para todos los miembros de la sociedad venezolana. Es decir, de si las relaciones entre los dos Estados se pueden componer de manera que haya beneficio recíproco y conlleve a una mejoría del nivel de vida del pueblo de los dos países.

He ahí otro aprendizaje que deberemos realizar los colombianos: el fin último, la razón fundamental de las políticas de Estado, no debe ser el beneficio de una parte de la sociedad, de una determinada “rosca” -diríamos los colombianos-, como ha sucedido con los Tratados de Libre Comercio, suscritos por el Estado colombiano, sino el bienestar de toda la sociedad.

¿Significará la alianza chino-venezolana un avance perceptible e importante en el desarrollo socio-económico y cultural de la nación venezolana? Personalmente considero que sí y que este es un camino que debería ensayar toda América Latina.

Hay que tener presente que Venezuela tiene extraordinarios recursos naturales como el petróleo y el hierro que seguramente facilitaran el desarrollo de importantes industrias como la siderúrgica y la petroquímica que, a su vez, impulsarán otras industrias.

Tal vez, el anuncio de un golpe militar, recientemente denunciado por el Presidente Maduro, se relacione con estas perspectivas de desarrollo en la República Bolivariana de Venezuela. Posibilidad que además debe haber prendido las alarmas en Norte América, donde la amenaza de perder su hegemonía en Latinoamérica debe ser grande y le da cierto grado de validez a los supuestos del presidente Maduro.

Tal vez, con la ayuda de los chinos, Maduro encuentre la madurez y la sensatez, lo mismo que un camino evolutivo más pausado y seguro para su país.

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