Recuperemos la esperanza y la fe en nuestro destino

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Chía | Por Alberto Conde Vera | Columnista el Periódico de Chía | Opinión |
Tanto en la nación como en el municipio hay una rutina electoral que se realiza cada 4 años, entre un 45 y un 50% de los ciudadanos habilitados para votar. Digo que es una rutina porque el grueso de los votantes considera el voto un deber y adopta una posición receptiva y pasiva frente a los candidatos y sólo una minoría independiente toma una posición crítica, propositiva y responsable. El grupo conforme e insensible ante la realidad, es tal vez uno de los mayores problemas en el desarrollo político de los pueblos en el mundo. A este problema agregamos otro de igual magnitud e importancia: la obsolescencia de todas las organizaciones políticas y de la mayoría de las sociales, aún fundamentadas en la representación y con muy escasa participación de sus bases, debido precisamente a que carecen de ellas porque no existe preocupación alguna por la formación socio-política e histórica de las militancias.

Pese a que, las condiciones sociales como incluso los ambientes empresariales reclaman una democratización y flexibilización de las relaciones de poder, aún las élites dominan en la mayoría de las organizaciones a la manera antigua, sin que exista por tanto la posibilidad de medir realmente la potencia organizacional, pues la recursividad, iniciativa, creatividad y fuerza de la mayoría de quienes podrían ser sus miembros, no tiene oportunidades de expresión en relación con el direccionamiento y las posibilidades evolutivas de dichas organizaciones.

Para el caso de la política y de las organizaciones con carácter social ligadas a la acción del Estado, ese enorme potencial y fuerza está absolutamente perdido porque en estos campos, no existen ni siquiera élites sino pequeños grupos que obtienen prebendas a cambio de favores prestados a los grupos económicos y financieros. Pareciera como si la enfermiza y antigua concepción del poder que manejan Robert Greene y Joost Elffers, autores de “Las 48 Leyes del Poder”, fuese el trasfondo teórico e inspirador de las acciones de la mayoría de quienes dirigen hoy en día en el campo social y político. Claro, hay distinguidas e importantísimas excepciones especialmente en el campo de lo social y empresarial.

Estos factores combinados han llevado a que los corruptos dominen en la política y en buena parte de las organizaciones sociales que trabajan con el Estado. ¿Qué podemos hacer para cambiar esta situación? Bueno, en primer lugar volver a soñar; volver a pensar que si bien lo cotidiano e inmediato es urgente, las angustias del presente no desaparecerán nunca si no imaginamos un futuro diferente, si no intercambiamos ideas al respecto y si no nos organizamos para diseñar ese futuro colectivo y la forma o los métodos para convertirlo en realidad. Necesitamos abandonar el caudillismo, el tropismo y la comodidad de delegar en otros la construcción del mundo que deseamos.

La técnica es fundamental para las ejecuciones, pero lo que ahora necesitamos es corazón, pasión, imaginación, confianza en nuestra experiencia y en nuestra inteligencia. Creer de verdad que debemos compartir los sueños, buscar acuerdos, y trabajar duro para hacer realidad esos acuerdos. Si no lo hacemos nosotros, las castas que dirigen nunca lo harán. El dolor y el sufrimiento de millones de colombianos que se encuentran en el limbo acerca de sus pensiones, de su salud, de su vivienda, de su trabajo; así lo ratifican. Toda la palabrería de este y todos los gobiernos nacionales no es más que eso, charlatanería. Pero lo mismo pasa con el municipio.

En el caso municipal los gobernantes toman megaproyectos que sobrepasan de lejos toda posibilidad de financiación y que son de incumbencia de la Gobernación o de los respectivos ministerios, como la avenida del cerro occidental de Chía, o la paralela al río Bogotá, en lugar de ocuparse de resolver los problemas de la movilidad interna, los de la inseguridad rampante y de la calidad de la educación pública, del crecimiento de la pobreza y del desorden en el crecimiento urbano del municipio.

Creo que para todos estos problemas mencionados en el párrafo anterior, la administración Municipal está en mora de conformar mesas de trabajo con la participación de los gremios, organizaciones sociales existentes en el municipio y ciudadanos interesados. Creer que una reunión se encontrarán soluciones serias, es populismo. En cuanto a la movilidad, la respectiva mesa de trabajo debería, partiendo del estudio presupuestal y de sus proyecciones a futuro que se debieron hacer en el período anterior, contemplar la posibilidad de construir dos avenidas un poco más anchas que la Pradilla así: una en el sur y otra en el norte que efectivamente descongestionen la que se ha constituido en la principal entrada y salida del y hacia el municipio.

De otra parte, se necesita otra avenida que vaya de norte a sur, con características similares, que igualmente sirva de eje repartidor para los vehículos que se moverían por las avenidas propuestas. La posibilidad de una vía que saque el tráfico pesado que se origina en otros municipios y pasa por Chía es responsabilidad de la nación y el departamento, pero se puede gestionar formando una comisión con las personalidades que ocupan cargos importantes en el sector privado y público, residentes en Chía, para presionar su programación.

Creo que la ciudadanía espera que las proyecciones se hagan partiendo de la premisa de que el proceso urbanístico debe frenarse y no acelerarse. Si Chía sigue creciendo al ritmo que quieran los constructores, ninguna proyección servirá. La participación ciudadana será fundamental para desacelerar el crecimiento urbano, embellecer y ordenar el municipio. Debemos y tenemos que creer que nuestra participación y empeño permitirán crear una ciudad y generar un ambiente social muy superior a los que tenemos ahora.

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