La narrativa heroica de la independencia, donde se anteponía el bien general a cualquier interés personal, parece un eco lejano frente a la realidad de hoy.

Cada julio y agosto, Colombia se engalana para rememorar las gestas que sellaron nuestra independencia. La historia, escrita con la tinta de los héroes y la sangre de los valientes, nos narra el 20 de julio, el grito popular que germinó en la plaza Mayor de Santafé de Bogotá, y el 7 de agosto, la batalla épica en el Puente de Boyacá que, con coraje y sacrificio, nos liberó del yugo español.
Son fechas sagradas, símbolos de una nación que se forjó en la búsqueda de la libertad y la soberanía. Los próceres de antaño, idealistas y visionarios, soñaron con una república robusta, unida por los principios de la justicia, la equidad y el progreso.
Sin embargo, al reflexionar sobre esos sacrificios, surge una pregunta que nos obliga a mirarnos al espejo: ¿Hemos estado a la altura de su legado? Hoy, en lugar de consolidar esa nación soñada, parecemos enfrascados en una nueva forma de guerra civil, una batalla constante y estéril, no por la libertad, sino por el poder y la riqueza.
El contraste entre el pasado y el presente es abrumador y, por momentos, dolorosamente irónico.
Aquellos que hace dos siglos se unieron para derrotar a un enemigo común, hoy se encuentran fragmentados en un paisaje político donde la corrupción se ha vuelto el adversario más insidioso y las luchas de poder, el deporte nacional.
La narrativa heroica de la independencia, donde se anteponía el bien general a cualquier interés personal, parece un eco lejano frente a la realidad de contratos amañados, presupuestos desviados y una gestión pública que, en muchos casos, se parece más a un botín que a un servicio.
Y sucede desde lo local a lo nacional. La misma patria que nuestros libertadores se esforzaron por crear, es hoy un campo de batalla donde los ideales son a menudo la primera víctima.
La corrupción no es un problema nuevo, pero ha evolucionado hasta convertirse en una epidemia que carcome los cimientos de la nación.
No se trata de unos pocos casos aislados; es un sistema que se ha incrustado en cada capa del Estado.
Las grandes obras de infraestructura, la construcción de escuelas, la provisión de servicios públicos o el desarrollo de políticas sociales, en vez de ser pilares de desarrollo y prosperidad, se convierten en epicentros de escándalos.
Miles de millones de pesos se esfuman en proyectos inconclusos, en sobrecostos escandalosos o en adjudicaciones que benefician a unos pocos privilegiados.
Mientras nuestros héroes batallaban por la tierra que nos daba identidad, hoy esa misma tierra es desangrada por la codicia.
La batalla por la independencia se libró con cañones y sables; la guerra de hoy se libra con documentos falsos, sobornos y el silencio cómplice de quienes deberían velar por el interés ciudadano.
Este ciclo vicioso de robo y desidia no solo malversa los recursos, sino que también erosiona la confianza de la gente en sus instituciones, sembrando la desesperanza y el fatalismo.
Este panorama nos remite, casi por fuerza, a la infame “Patria Boba” del siglo XIX. Un periodo de rivalidades, personalismos y conflictos internos que casi frustra el proyecto de nación antes de que pudiera consolidarse.
La historia, en un giro cruel, parece repetirse. Las luchas de poder entre facciones políticas, partidos y líderes, que impiden la construcción de un proyecto nacional unificado, son hoy tan destructivas como lo fueron en el pasado.
Se debate la política, no en la búsqueda de soluciones a problemas urgentes como la pobreza, la desigualdad o la falta de infraestructura, sino en la aniquilación del adversario político, la conquista de un espacio mediático o la defensa de un feudo electoral.
La energía que debería dirigirse a la construcción de un Estado de bienestar se consume en luchas fratricidas que solo generan estancamiento y desesperanza.
Las banderas de los partidos reemplazan a las de la nación, y las agendas personales se imponen sobre las necesidades colectivas, dejando al país a merced de la improvisación y la politiquería.
Los ideales de nuestros próceres se basaban en la construcción de una nación propia, pujante y en paz, con posibilidades para todos. Pero, ¿dónde se encuentran esos ideales hoy?
La paz, un anhelo tan esquivo, se ve constantemente amenazada por la violencia sistémica y los discursos de polarización que fracturan la sociedad.
La misma palabra “paz” ha sido cooptada y politizada, convertida en un arma arrojadiza en lugar de un objetivo común. Los conflictos persisten, las heridas del pasado no terminan de sanar y las divisiones se profundizan, impidiendo la reconciliación real que tanto necesitamos para avanzar.
El bienestar social es una promesa en cada plan de gobierno y una quimera para millones de colombianos que aún carecen de acceso a servicios básicos como agua potable, salud de calidad y una educación digna. Las promesas se diluyen en el laberinto de la burocracia y la corrupción, mientras la brecha entre los más ricos y los más pobres se ensancha, perpetuando un círculo vicioso de miseria y exclusión.
La productividad creativa, esa chispa de innovación y emprendimiento que podría impulsar nuestra economía, se asfixia bajo el peso de la burocracia, la falta de apoyo y un sistema que premia la viveza por encima del mérito y la excelencia.
En lugar de fomentar el talento y la creatividad de nuestra gente, el entorno actual a menudo los obliga a migrar o a conformarse con la mediocridad, perdiendo un valioso capital humano que podría transformar el país.
La solidez económica, tan necesaria para financiar el desarrollo social, se ve comprometida por una constante malversación de recursos públicos, lo que nos deja vulnerables y dependientes.
El desgreño en la gestión pública, nos priva de la capacidad de invertir en infraestructura vital, en investigación, en tecnología y en todo aquello que podría sentar las bases para un futuro próspero y sostenible.
No se trata de añorar un pasado que también tuvo su lado oscuro y sus vicios. Se trata de reconocer que las batallas de ayer nos legaron una plataforma, un terreno sobre el cual teníamos la responsabilidad de edificar.
El verdadero desafío de la poblacion que hoy respira, no es la reconquista de un territorio, sino la reconquista de la ética, del sentido de lo público y del bien común. La editorial no busca denigrar nuestro pasado, sino usarlo como un espejo crítico de nuestro presente.
La Batalla de Boyacá fue un punto de inflexión que selló nuestra soberanía frente a una potencia extranjera. Hoy, necesitamos un nuevo 7 de agosto, una nueva batalla, pero esta vez, librada en las instituciones, en la exigencia ciudadana, en cada acto cotidiano y por su puesto en las urnas,
Una batalla para derrotar la corrupción, para desmantelar las mafias de poder y para reconstruir el pacto social que alguna vez nos unió como nación.
La verdadera independencia no reside solo en ser libres de una potencia extranjera, sino en ser libres de nuestras propias cadenas, de la apatía y el cinismo que permiten que la nación soñada por nuestros héroes se desvanezca en la sombra de la conveniencia y la avaricia.
La responsabilidad de construir esa patria aún está pendiente y es una tarea que nos incumbe a todos.
Foto de portada: “Batalla de Boyacá” (1919) de J.W. Cañarete Aroca (J.W. Cañarete, 1868-1967) Colección, Museo Nacional de Colombia. Esta obra representa el final de la batalla. Introduce un elemento característico de la pintura histórica del siglo XX, la elección del héroe como protagonista y como centro del acontecimiento.




Creo que el Periódico de Chía tiene una visión muy romántica de la independencia de Colombia la verdad es que desde siempre han sido los que tienen el poder sobre los que no lo tienen , los dominantes y los dominados. Y eso va a ser siempre así …es una constante dinámica..asi va a ser Colombia siempre !..lo que tenemos que hacer nosotros es enfrentar al malo, denunciar al corrupto y organizarnos en grupos para poder salir adelante, porque cada uno por su lado nunca lograremos lo que la mayoría quiere paz y tranquilidad, producción y equidad, libertad y orden, justicia y ley vigentes, no obsoletas y con vacíos profundos que son los cachos de donde se coge el corrupto