La Troncal, no es una vía para la movilidad: es una vía de urbanización. Es el legado que Leonardo Donoso quiere dejar: no la vía que soluciona el problema, sino la vía que soluciona el negocio.

En un municipio donde la geografía es frágil, los ecosistemas gritan y la movilidad implora auxilio, esta vía aparece como un personaje central de una tragicomedia: disfrazada de solución, cargada de promesas y conducida por un reparto estelar compuesto por constructoras, grupos inversores y por supuesto, el inagotable Alcalde Leonardo Donoso.
Podría empezar diciendo que el proyecto nació de un estudio de movilidad, pero ese sería un chiste demasiado improbable incluso para Chía. La Troncal nació, en realidad, del POT de 2016, un documento que fue modificado en cuestión de horas antes de ser aprobado, como si la planificación territorial fuera un trabajo universitario entregado a las 11:59 p. m. Y no, no exagero.
Las modificaciones estructurales que alteraron zonas de expansión urbana, trazados viales, densidades y rondas se introdujeron 36 horas antes de votarlo. Al día siguiente fue aprobado por un concejo municipal de bolsillo, como si se tratara de aprobar la minuta del almuerzo y no el instrumento rector del desarrollo municipal.
Eso sí: cuando el Tribunal suspendió ese POT, nadie pareció preocupado. Total, el modelo inmobiliario ya estaba en marcha. Con o sin POT, aquí se construye.
Y vaya que se construyó. Durante los años de suspensión del POT, cuando se suponía que el territorio debía entrar en pausa técnica, constructoras como Capital, Amarilo y otros desarrolladores lograron levantar más de 3.100 unidades de vivienda solo en el área de influencia de nuestra vía panacea de la movilidad. Tres mil cien. En un municipio donde cada casa genera entre 3 y 5 viajes diarios.
Si le duele la congestión, ya sabe quiénes le dieron la receta. Pero no se preocupe: la culpa, según Donoso y sus divulgadores, es exclusivamente de la Pradilla. Porque en la narrativa oficial, esa menos elaborada que un meme, pero más repetida que una propaganda política.
El trancón de Chía es un fenómeno monolítico, unidireccional y concentrado en 830 metros de vía. Los 3.100 apartamentos nuevos no tienen nada que ver, por supuesto. Los desarrollos sin estudios de movilidad tampoco. Y que no exista un sistema de transporte estructurado, mucho menos.
El POT 2016 había definido cinco zonas de expansión urbana para ser desarrolladas mediante planes parciales. En ese tablero, el Plan Parcial 8 a cargo de Constructora Capital debía esperar el resultado judicial del POT.
Pero el alcalde Leonardo Donoso, en su infinita habilidad y sapiencia para encontrar atajos administrativos, les regaló el Decreto 803, una especie de “pasaporte VIP” urbanístico que permitió desarrollar el proyecto sin POT vigente.
Gracias al decreto, hoy hay torres completas de apartamentos que se construyeron con una norma suspendida. La magia de Donoso es tal que ni Hogwarts tiene decretos tan eficientes. Y como si fuera poco, Amarilo avanzó en su Proyecto Hacienda Samaria, un desarrollo digno de un catálogo inmobiliario, pero que funciona gracias al vacío normativo del POT suspendido.
Por supuesto, el colmo del descaro es que estas mismas obras son usadas hoy como argumento para justificar la Troncal: “es que hay mucho trancón, necesitamos la vía”. No, señor. Hay trancón porque permitieron, incentivaron y aplaudieron construir 3.100 viviendas sin POT y recuerden que solo estamos hablando del corredor pradilla-variante.
Y ahora quieren que la ciudadanía financie con peajes, impuestos y valorización la vía necesaria para que esos mismos proyectos sigan creciendo. Un modelo de negocio perfecto: privatizan las ganancias, socializan la congestión.
Si el lector es de los que cree que este es un problema puntual de infraestructura, es hora de desmontar otro mito: el trancón de Chía NO es la Pradilla. La Pradilla es el síntoma; el modelo urbanístico es la enfermedad.
La Pradilla colapsa porque todo Chía colapsa. Porque la ciudad nunca fue diseñada para soportar la densidad que las constructoras y los alcaldes han impulsado durante dos décadas.
Cada administración, incluyendo las dos de Donoso, han empujado el mismo modelo de urbanización cerrada, dependiente del automóvil, sin malla vial suficiente, sin transporte público estructurado, sin corredores metropolitanos y sin jerarquía vial clara.
La Pradilla solo estalla porque es el embudo final del desastre. Y mientras cada gobierno promete “resolver el trancón”, simultáneamente expide más licencias que vuelven ese trancón insoluble. El humor negro aquí es involuntario.
Revisando el Estudio de Impacto Ambiental de la Troncal, la historia se vuelve absurda. La concesión Accesos Norte omitió un humedal de dos hectáreas. No un charco, no un pantano insignificante.
Un humedal registrado por planchas oficiales del IGAC y registrado en análisis multitemporales desde 1939, validado por análisis de suelo, estudios hidrológicos y 53 especies de aves reportadas por la Asociación Bogotana de Ornitología.
La ANLA aprobó la licencia antes de recibir el concepto de la CAR, concepto que llegó nueve días después. Y la CAR dijo que no era un humedal sino un “cuerpo de agua”, categoría que suena más a un eufemismo diseñado para que nadie haga demasiadas preguntas.
La comunidad y expertos lograron evitar que la vía pasara encima del humedal, pero el triunfo duró poco: el nuevo trazado ahora afectará el canal de Proleche, un ecosistema igual de importante, pero menos mediático y, casualmente, menos problemático para el trazado inmobiliario. En Chía, las rondas no mandan: mandan los linderos de los predios urbanizables.
Y aquí entramos a otra joya de la administración Donoso. Su capacidad para lograr que la ciudadanía aplauda las obras más cuestionables es admirable. El ejemplo perfecto es el nuevo Centro Administrativo Municipal (CAM). El edificio, promocionado como el “corazón de Chía”, tuvo sobrecostos superiores al 100%, de su valor inicial.
Pero lo realmente pintoresco es quién lo construyó: empresas involucradas en dejar tirados los Juegos Nacionales de Ibagué. Empresas que tienen más demandas que metros cuadrados construidos. Y aun así, Donoso inauguró el CAM como quien entrega una catedral, esperando una ovación colectiva.
En cualquier municipio serio del planeta, un sobrecosto del 100% con contratistas cuestionados habría generado un escándalo. En Chía genera likes.
La Troncal de los Andes, vista desde esta lente, deja de ser un proyecto vial para convertirse en un símbolo. Un símbolo del modelo de ciudad donde los constructores siempre ganan, donde el ordenamiento territorial es maleable como plastilina, donde el alcalde se siente arquitecto del progreso y donde la comunidad tiene que pagar las consecuencias: contaminación, trancón, pérdida de ecosistemas, sobrecostos, contratos irregulares y una movilidad cada vez más miserable.
La vía es el instrumento perfecto para consolidar el acceso a los Planes Parciales 5, 6 y 7. No existe una sola razón técnica por la cual el trazado deba ser el que es. La razón es inmobiliaria: si la vía se mueve unos metros para proteger el canal de Proleche, toca los polígonos para estos futuros desarrollos. Y si algo ha demostrado la historia reciente de Chía es que los ecosistemas son movibles; los planes parciales no.
Mientras tanto, Chía se prepara para enfrentar el impacto de Lagos de Torca, el megaproyecto del norte de Bogotá que agregará 700.000 habitantes al corredor regional.
La Troncal no resolverá ese problema. No está diseñada para eso. No se articula con sistemas de transporte masivo, no forma parte de un plan metropolitano, no tiene capacidad para absorber el flujo regional. Y aun así, la venden como si fuera la autopista del futuro.
Es como pretender que una manguera de jardín pueda apagar un incendio estructural. La vía servirá, eso sí, para permitir la urbanización futura en los suelos de expansión de occidente. Y ahí está el verdadero objetivo.
Que no nos engañen: Chía sí necesita vías, sí necesita infraestructura, sí necesita soluciones estructurales. Pero no necesita obras hechas sin estudios, con sobrecostos del 100%, con contratistas cuestionados, con trazados diseñados desde los intereses privados, con licencias ambientales improvisadas y con un alcalde cuya obsesión parece ser inaugurar cosas sin importar cuánto cuesten ni a quién beneficien. Chía necesita planificación, no más marketing político.
La Troncal, como está concebida, no es una vía de movilidad: es una vía de urbanización. Es el corredor que Constructora Capital, Amarilo y grupos inversores necesitan. Es el instrumento que garantizará el desarrollo de los Planes Parciales 5, 6 y 7. Es el legado que Leonardo Donoso quiere dejar: no la vía que soluciona el problema, sino la vía que soluciona el negocio.
Y frente a eso, la única respuesta honesta es esta: Chía merece una vía. Pero no esta. Merece una vía diseñada con técnica, con estudios, con respeto por el territorio, con transparencia contractual y sin conflictos de interés. Una vía que piense en la gente, no en los urbanizadores.
Una vía que no nazca del POT más cuestionado de la historia del municipio. Una vía que no pase por encima de humedales para no pasar por encima de planes parciales.
Porque si algo nos ha demostrado la gestión de Donoso es que él quiere que aplaudamos todo: los decretos milagrosos, los edificios con sobrecostos del 100%, las vías mal estructuradas, los contratos con firmas cuestionadas y, por supuesto, su propia narrativa de salvador de la movilidad.
Pero ya es hora de decirlo con claridad mordaz: Chía no puede vivir de aplausos. Y menos cuando la obra que nos quieren vender como la solución es, en realidad, el síntoma más claro de que llevamos años urbanizando sin plan y gobernando sin vergüenza.



