La posible demolición de la Casa del Barco reabre el debate sobre patrimonio, memoria cultural y crecimiento urbano en Chía.

El barco lleva los nombres de su hija y su esposa, y más que una edificación singular,
arse trata de una historia étnica, artística y comunitaria de la población afro residente en Chía.
No era una casa cualquiera: tenía dos pisos y, sobre ellos, un tercer nivel con forma de barco. Por eso, durante medio siglo, todos en el municipio la conocieron como la Casa del Barco.
Hoy, ese símbolo que ya muchos no conocen, está a punto de desaparecer bajo la etiqueta de la modernidad y el reemplazo de la casa por otro tipo de edificación, donde se destruye lo que existe a la vez que se borra del paisaje una parte fundamental de la memoria colectiva del municipio.
Un hito urbano que marcó generaciones
La historia reciente de la Casa del Barco comenzó a escribirse el día en que Camilo Conde, artista visual y documentalista, se enteró de que la vivienda sería tumbada para dar paso a una nueva construcción.
La noticia, según relata Camilo, le produjo un “guayabo” profundo. No solo porque la casa fue un hito urbano, sino porque representa el tiempo en el que Chía era un pueblo pequeño y rural donde todos se conocian, muy distinto a la ciudad congestionada en la que se ha convertido desde el año 2000.
La Casa del Barco fue construida a comienzos de los años sesenta por la familia Oliveros, una familia afrodescendiente que llegó a Chía en la década de los cincuenta. En esa época, el municipio apenas se extendía más allá del parque central, y la casa marcaba prácticamente el límite del casco urbano.
Su diseño rompía con la arquitectura tradicional del pueblo y se convirtió rápidamente en un referente espacial: “Nos vemos al lado de la Casa del Barco”, decían los habitantes para ubicarse en el territorio.
Sin embargo, durante años, pocos conocieron la historia que se vivía puertas adentro. El patriarca de la familia, Genaro Oliveros, fue un abogado afrodescendiente nacido en Santa Bárbara de Iscuandé, en el norte del Nariño, una región donde las embarcaciones sobre el río Iscuandé y el Pacífico son parte esencial de la vida cotidiana.
La forma de barco que corona la casa fue, una evocación de ese territorio de origen, una manera de mantener el recuerdo del mar en la sabana bogotana.
La historia afro que habita la Casa del Barco
Genaro Oliveros no solo dejó huella en la arquitectura simbólica de Chía. Fue juez en varias ciudades del país y, ya establecido en el municipio, participó activamente en la creación del Colegio Nacional Diversificado y el Departamental, instituciones hoy claves en la educación pública municipal.
Sus hijos y nietos continuaron ese legado cultural: uno de ellos, también llamado Genaro, es un importante ceramista y realizador del mural de la Casa de la Cultura de Chía. Su nieto Haffid Castillo Oliveros convirtió el “barco” en un reconocido estudio de grabación, donde realizó producciones de música afro, reggae, hip hop y sonidos del Pacífico, tanto para artista nacionales como internacionales.
El destino de la casa cambió tras la muerte del hijo mayor de don Genaro. Sus hijos —los nietos— reclamaron su parte de la herencia en dinero. Al no poder comprar esa participación, los demás herederos tomaron la difícil decisión de vender la propiedad.
El comprador fue un constructor cuyo objetivo, desde el inicio, ha sido demoler la vivienda para levantar una bodega u otro tipo de edificación comercial.
Un símbolo cultural de la memoria como acto de resistencia
Ante este escenario, Camilo Conde decidió actuar. Su primera intención fue sencilla pero urgente: dejar un registro, un testimonio audiovisual que contara la historia de la casa antes de que desapareciera.
Así nació el cortometraje sobre la Casa del Barco, realizado con apoyo de los estímulos culturales Lunarte del municipio. Lo que comenzó como un ejercicio de memoria terminó abriendo una discusión mucho más amplia sobre patrimonio, identidad y reconocimiento cultural en Chía.
Durante el proceso de investigación, Conde y su equipo contactaron a otros personajes del Pacífico residentes en el municipio, como los académicos Betsy Menem y el profesor José Nilsson Campaña. Los dos profesores aportaron una mirada profunda sobre la diáspora afrodescendiente en Chía.
Para ellos, la Casa del Barco no es solo una rareza arquitectónica, es la evidencia tangible de cómo las comunidades afro han contribuido a la construcción cultural del país, incluso en territorios donde su presencia ha sido históricamente invisibilizada.
En Chía, muchos creen erróneamente que no existen comunidades afro, cuando en realidad residen más de 2000 personas afrodescendientes organizadas en colectivos y juntanzas.
Al conocer la historia de la Casa del Barco, estas organizaciones propusieron algo más ambicioso: convertirla en una Casa de Pensamiento Afro, un centro cultural vivo dedicado a la moda, la música, la danza, la gastronomía y la reflexión sobre la diáspora negra en el territorio.
Patrimonio, ciudad y el futuro cultural de Chía
La iniciativa encontró eco en la Oficina de Patrimonio del municipio, liderada por Mónica Ramírez, con quien se inició el proceso para solicitar al Ministerio de Cultura la declaratoria de la casa como bien de interés patrimonial.
Esta figura podría frenar su demolición y abrir la puerta a una eventual compra por parte del municipio, sin afectar los derechos de los actuales propietarios.
Más allá del caso puntual, la Casa del Barco se ha convertido en símbolo de un cuestionamiento mayor: la pérdida acelerada de identidad en Chía. En apenas dos décadas, el municipio pasó de tener cerca de 10.000 habitantes a rozar los 200.000.
“El crecimiento urbano, impulsado por constructoras y planes de ordenamiento territorial cuestionados, ha borrado fincas, suelos agrícolas y referentes históricos, mientras miles de nuevos habitantes llegan sin conocer la historia del lugar que hoy habitan”, comenta Camilo.
“La Casa del Barco nos recuerda que aquí hubo un pueblo, que hubo familias, que hubo historias”, señala Conde.
Para él, preservar este espacio no es un acto de nostalgia, sino una apuesta por el futuro: crear lugares donde la ciudad pueda pensarse a sí misma, reconocer su diversidad cultural y construir diálogos interculturales reales entre comunidades afro, indígenas, campesinas y urbanas.
Hoy, el futuro de la Casa del Barco sigue en suspenso. La solicitud de patrimonio avanza lentamente, mientras la presión del desarrollo urbano no se detiene.
Sin embargo, el simple hecho de que su historia esté siendo contada ya representa una victoria simbólica: la de una memoria que se niega a desaparecer sin dejar huella. En medio del concreto y la velocidad, la Casa del Barco sigue resistiendo como un faro de identidad en el corazón de Chía.
El arte de polinizar sociedad, mente y cultura
Pero ¿quién es Camilo Conde y por qué produce este documental? Su camino empezó en el arte, la pintura y su gusto y conocimiento por el tema audiovisual. Este saber se fue cruzando pronto con una pregunta que lo ha acompañado desde joven: por qué la violencia atraviesa la historia y la vida cotidiana de Colombia. Formado como maestro en Artes Visuales, Camilo entendió que crear también podía ser una forma de leer el país.
De esa inquietud nacieron los documentales, la investigación social y, finalmente, la Fundación Colibríes, un proyecto familiar construido junto a sus padres y su esposa, desde saberes distintos pero con una misma convicción: cuidar la vida a través de la cultura. La fundación tomó su nombre del colibrí, un polinizador incansable, porque su apuesta es sembrar procesos culturales que fortalezcan comunidades.
Desde Chía, Colibríes ha acompañado bachilleratos populares, laboratorios de artes aplicadas, procesos con jóvenes que abandonaron la escuela y trabajos de apoyo con el resguardo indígena y comunidades afrodescendientes. También ha llevado su experiencia a regiones como La Guajira, el Pacífico y la Amazonía.
Camilo no llegó al trabajo comunitario por accidente. Lo trae en la sangre y en la genética; su madre, Graciela Aldana de Conde, es psicóloga nacionalmente reconocida por su trabajo, investigaciones y teorías sobre la creatividad humana. Su padre, Alberto Conde Vera, es un ingeniero industrial, escritor y respetado líder social y político de Chía.
El documental La memoria —como ocurrió con la Casa del Barco— es una forma de resistencia frente al olvido, la falta de pertenencia y la urbanización desmedida. Su trabajo no busca imponer discursos, sino visibilizar historias que ya existen. En esa labor silenciosa y persistente, la Fundación Colibríes se ha convertido en un puente entre cultura, territorio y comunidad, para bien de todos.
Para ver el documental, haz clic aquí




Es un patrimonio de Chía como el monumento del parque Ospina y el parque principal. No debe ser modificado ni destruido para darle paso a la ambición y desarraigo.
¡Resistencia!