La memoria que Colombia olvidó

Por Valeria Rodriguez | Politóloga | Magister en Estrategia y Geopolítica | Columnista Invitada |
 Hay algo inquietante en observar la Colombia de hoy. Algo que, para quienes hemos estudiado historia y ciencia política, produce una sensación difícil de describir: la impresión de estar viendo una película cuyo final ya conocemos.

Durante años nos repetimos que el país había cambiado. Que éramos una democracia más madura. Que las nuevas generaciones habían superado las divisiones que desangraron a nuestros abuelos. Que los fantasmas de la violencia partidista habían quedado enterrados en algún rincón del siglo XX.

Sin embargo, basta observar una conversación política en una mesa familiar, en redes sociales o incluso en un salón de clase para entender que quizá nunca superamos nada. Tal vez simplemente olvidamos.

Una polarización que recuerda dinámicas que creíamos enterradas desde mediados del siglo XX. No porque las circunstancias sean idénticas. No porque existan nuevamente ejércitos liberales y conservadores recorriendo los campos. Pero sí porque los matices emocionales son los mismos: la incapacidad de reconocer legitimidad en quien piensa diferente.

La Violencia no comenzó cuando aparecieron los muertos. Comenzó mucho antes, cuando el adversario dejó de ser un ciudadano y se convirtió en un enemigo. Y eso es precisamente lo que preocupa.

Aún no vivimos una escalada comparable a la de mediados del siglo XX. Afortunadamente no. Pero sí observamos los mismos ingredientes: discursos cada vez más radicales, una creciente deshumanización del contrario y una obsesión por dividir al país en dos bandos irreconciliables.

La diferencia es que los colombianos de hoy ya no tienen a sus viejos para recordarles lo que ocurre cuando una sociedad cruza esa línea. Los sobrevivientes de aquella época están desapareciendo. Se fueron los campesinos que huyeron de sus pueblos para salvar la vida.

Se fueron quienes vieron incendiar sus casas por pertenecer a un partido político. Se fueron quienes entendían que una bandera roja o azul podía significar la muerte. Y quizás lo más grave es que tampoco lograron transmitir completamente ese trauma.

Las nuevas generaciones conocen la colonización española. Hablan de la independencia. Discuten sobre el legado colonial y sus consecuencias. Pero pocas veces se les enseña con la misma profundidad que hace apenas setenta años los colombianos se mataban entre sí por colores políticos. Como nación hablamos constantemente de las cicatrices que dejó la colonia. Pero ¿dónde quedaron las cicatrices de La Violencia?

¿Por qué no nos enseñaron a temerle a la polarización con la misma intensidad con la que nos enseñaron a rechazar otras formas de violencia? Quizás porque Colombia pasó tan rápido de una tragedia a otra que nunca tuvo tiempo para procesar ninguna.

Del bipartidismo saltamos al conflicto armado. De la confrontación entre liberales y conservadores pasamos a la guerra entre guerrillas, paramilitares y Estado. Décadas enteras consumidas por nuevas formas de violencia que terminaron ocultando las anteriores.

Y cuando finalmente parecía que podíamos construir una conversación política más diversa, más moderna y más democrática, terminamos reduciendo nuevamente toda discusión a dos extremos. Izquierda contra derecha. Guerrilleros contra paramilitares.

Como si la complejidad de un país de más de cincuenta millones de habitantes pudiera resumirse en dos etiquetas. Lo paradójico es que la mayoría de quienes utilizan esas palabras ni siquiera podrían definirlas con precisión.

Dudo profundamente que exista una cantidad significativa de colombianos que se levanten cada mañana pensando cómo destruir a quienes piensan distinto. No vivimos una guerra ideológica como las del siglo XX europeo. Lo que sí parece existir es algo igualmente preocupante: una incapacidad creciente para tolerar la existencia de otras ideas.

No odiamos necesariamente a las personas. Pero odiamos que existan opiniones diferentes a las nuestras. Y eso termina siendo suficiente.

Lo veo como profesora. Lo veo en jóvenes que repiten discursos políticos aprendidos en casa o en redes sociales. Estudiantes y hasta niños hablan con desprecio de “la izquierda” o “la derecha” sin comprender siquiera qué es el Estado, cómo funciona el Congreso o cuáles son las funciones de las ramas del poder público. Pero sería injusto responsabilizarlos. Muchos adultos tampoco lo saben.

La política se ha convertido en un ejercicio emocional antes que racional. Ya no importa comprender. Importa pertenecer. Importa ganar. Y ganar se ha transformado en una especie de satisfacción simbólica que poco tiene que ver con la realidad. Como si la victoria electoral de un candidato fuera a eliminar los impuestos. Como si automáticamente resolviera la pobreza. Como si garantizara empleo, seguridad o prosperidad.

Celebramos triunfos políticos como hinchas de fútbol. Después descubrimos que el marcador nunca cambió nuestras vidas tanto como imaginábamos.

Hoy, a las puertas de un nuevo proceso electoral que probablemente volverá a dividir al país entre dos extremos simplificados, resulta imposible no sentir cierta desesperación.

Porque ya vimos esta historia. Porque conocemos el libreto.

Porque sabemos cómo terminan las sociedades que convierten la política en una guerra moral donde un sector representa el bien absoluto y el otro el mal absoluto.

La historia no se repite exactamente. Pero rima. Y Colombia parece empeñada en recitar algunos de sus versos más oscuros.

Este texto no pretende ofrecer soluciones milagrosas. Tampoco busca defender a un partido o a un candidato. Es, más bien, un grito de frustración. La frustración de alguien que estudió política para entender cómo funcionan las sociedades.

La frustración de alguien que enseña historia y política con la esperanza de que las nuevas generaciones aprendan de los errores del pasado. La frustración de observar cómo, en pleno siglo XXI, un país que debería recordar mejor que nadie las consecuencias del fanatismo político, parece estar dispuesto a repetir, aunque sea parcialmente, algunos capítulos de aquella tragedia que nuestros abuelos llamaron simplemente: La Violencia.

1 comentario en “La memoria que Colombia olvidó”

  1. Muy acertada la columna de Valeria Rodríguez y completamente de acuerdo.
    Olvidamos mucho y recordamos poco y esa guerra partidista no lleva a ninguna solución.

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