Este análisis revela como el presupuesto participativo perdió su capacidad de incidir en las decisiones públicas, convirtiéndose en un ritual democrático sin efecto transformador.

Centrar la participación en el Presupuesto fue la estrategia alternativa, que no dejaba de chocar contra los intereses de concejales acostumbrados a “recuperar” sus inversiones electorales a través de la negociación con los alcaldes.
A través del ejercicio práctico del debate entre iguales, se apuntaba —como medio y fin— a la construcción de sujetos sociales colectivos de derecho, autónomos e independientes, formados y empoderados para la elaboración de políticas y proyectos públicos transformadores y de las consecuentes acciones de incidencia, seguimiento y control de su implementación.
Asistimos a valiosas experiencias participativas que, con el apoyo de la Defensoría del Pueblo y la cooperación sueca, llevaron a construir la Red de Municipios Indígenas y Participativos, que luego continuó con una red nacional de planeación y presupuestos participativos.
Paralelamente, los ideólogos del autoritarismo sistémico se fueron apropiando de la idea y fabricaron un nuevo escenario en el que esa participación, tan directa y desde abajo que recuperaba los saberes comunitarios indígenas, ya era impulsada deformadamente por el Banco Mundial y el Plan Colombia II, perdiendo sus contenidos democráticos transformadores, y convirtiéndose en una válvula de escape frente a los crecientes descontentos sociales.
Allí surgió la nueva versión del verbo participar: “Yo participo, tú participas, él y ella participan, nosotros participamos… ellos deciden”.
Con las alcaldías progresistas de Bogotá se retomó la idea y se construyó el Instituto Distrital de Participación Ciudadana; pero ese paso institucionalizado del poder constituyente al poder constituido no le permitió a la democracia participativa adquirir el anhelado poder de decisión, que era y es la esencia de su carácter transformador.
La realidad fue su reducción a un honesto ejercicio rodeado de miradas tecnocráticas y de liderazgos comunales clientelistas; y las consecuencias fueron su alejamiento de la construcción de una ciudadanía crítica, consciente de las causas de los conflictos y de la necesidad de transformarlos dialógicamente, construyendo las capacidades y la fuerza social necesarias para trasladar esa comprensión creativa a los espacios políticos de la democracia representativa electoral.



