Colombia después del voto: cuando elegir no puede significar dividir


Por Valeria Rodríguez | Politóloga | Magister en Estrategia y Geopolítica | Columnista | Opinión |
Los resultados de la segunda vuelta del 21 de junio no son un punto final ni un trofeo político: son un espejo del país que somos y del país que estamos dispuestos a construir. 

Colombia vuelve a situarse frente a su propia historia, una historia que no puede seguir siendo decorativa ni lejana. En la memoria de La Violencia entendemos que cuando la diferencia se convierte en odio, la sociedad deja de discutir ideas y empieza a destruirse a sí misma. 

De ese mismo desgaste institucional surgieron dinámicas extremas como las guerrillas y los grupos de autodefensa, entre ellos las FARC y las AUC, que no pueden leerse sin comprender el vacío del Estado y la fractura social. La historia no es pasado muerto: es advertencia activa.

Por eso la Constitución de 1991 no fue un trámite, sino un intento profundo de recomposición democrática. Allí se definió con claridad que el poder no se concentra: se distribuye. El Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial no son adornos institucionales, son contrapesos reales que evitan el abuso y sostienen el Estado de derecho. 

El presidente es la cabeza del gobierno, sí, pero no es la totalidad del Estado ni el origen de todas las soluciones. Cuando se olvida esto, la ciudadanía cae en una ilusión peligrosa: creer que un solo liderazgo puede salvar o destruir a toda una nación.

La política, reducida a un partido de fútbol donde se grita victoria o derrota, pierde su sentido democrático. No hay hinchadas en la República; hay ciudadanía. Quien gana no recibe un cheque en blanco, y quien pierde no queda expulsado del debate público. 

En Colombia existen herramientas legales que permiten participar sin violencia: el derecho de petición, la acción de tutela, las veedurías ciudadanas, los cabildos abiertos, los espacios de deliberación pública y la protesta pacífica; instrumentos que con frecuencia se desestiman con la idea de que “no sirven para nada”.

Vale la pena preguntarse ¿cuántas personas se han tomado realmente el trabajo de iniciar uno de estos procesos, darles continuidad y llevarlos hasta el final? Callar no es opción cuando algo preocupa, pero tampoco lo es destruir lo que se cuestiona. La diversidad política, económica y social no debilita al país: lo complejiza y lo enriquece. 

El verdadero riesgo no es pensar distinto, sino dejar de pensar, dejar de escuchar y dejar de expresarse de manera decente y coherente. Hoy, más que nunca, el desafío no es solo político, sino cultural. La democracia exige madurez emocional e intelectual para leer discursos, identificar intenciones y comprender contextos sin caer en simplificaciones. 

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