El adiós a Alberto Conde, el hombre cuya palabra nunca perdió su valor

Alberto Conde Vera, uno de los líderes sociales más reconocidos del municipio,
DESCANSA EN EL FLUJO INFINITO DE LA VIDA

Chía | Redacción EPDC | Ciudadanía |
Este miércoles 1 de julio, Alberto Conde partió de entre nosotros y el Periódico de Chía despide a uno de sus más queridos integrantes, un ciudadano ejemplar cuya palabra, coherencia y compromiso seguirán iluminando el camino de quienes creen en una ciudad construida desde la ética y la participación.

Hay despedidas que no se escriben únicamente con tristeza. Hay despedidas que también se escriben con gratitud. La de Alberto Conde pertenece a esas historias que, aunque dejan un inmenso vacío, también invitan a celebrar una vida vivida con dignidad, convicción y un profundo amor por la comunidad.

Hoy, quienes hacemos parte del Consejo Editorial de el Periódico de Chía al que perteneció, te damos las gracias. Gracias por más de veinte años de amistad, de generosidad intelectual, de debates enriquecedores, de consejos oportunos y, sobre todo, por la defensa que siempre hizo de que el periodismo independiente solo tiene sentido cuando se ejerce con honestidad y al servicio de la sociedad.

Alberto no fue simplemente uno de nuestros columnistas más leídos. Fue una conciencia crítica. Un hombre que entendió que escribir era un acto de responsabilidad y que cada palabra debía contribuir a formar ciudadanos más libres, más informados y más comprometidos con el destino de Chía.

Desde las páginas de este periódico compartió reflexiones profundas sobre el rumbo del municipio, cuestionó con argumentos las decisiones de quienes gobernaban, propuso caminos para construir una mejor ciudad y nunca permitió que el miedo o las conveniencias políticas silenciaran sus convicciones.

Cuando el Periódico de Chía enfrentó momentos difíciles, cuando algunos sectores pretendieron desacreditarlo, estigmatizarlo e intimidarlo por ejercer un periodismo independiente, Alberto estuvo allí. 

Nunca preguntó si era conveniente defender al medio. Simplemente lo hizo, porque entendía que proteger la libertad de expresión era también proteger la democracia.

Su respaldo nunca fue interesado. Provenía de la certeza de que una comunidad necesita medios libres capaces de incomodar al poder cuando es necesario y de reconocer sus aciertos cuando corresponde. Esa fue una de las grandes lecciones que nos deja.

Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo coincidimos en una característica que hoy parece escasa: era absolutamente coherente. Pensaba lo que decía y decía exactamente lo que hacía. No conocía los dobleces ni las medias verdades. Su palabra tenía el enorme valor de ser confiable.

En una época donde la política suele confundirse con intereses personales, Alberto defendió siempre las ideas por encima de los cálculos electorales.

Militó en distintos movimientos políticos a lo largo de su vida, desde las juventudes comunistas y el MOIR hasta el Nuevo Liberalismo y posteriormente el Polo Democrático. Sin embargo, jamás permitió que un partido definiera su conciencia.

Apoyó aquello que consideraba justo y criticó aquello que creía equivocado, incluso cuando provenía de quienes compartían sus propias ideas. Esa independencia intelectual fue una de sus mayores fortalezas.

Por eso despertaba respeto incluso entre quienes pensaban distinto. En una sociedad tan polarizada como la nuestra, Alberto logró algo extraordinario: ser apreciado por personas de todas las corrientes políticas. No porque evitara expresar sus opiniones. Todo lo contrario. Porque sabía argumentar con respeto y porque nunca recurrió al insulto.

Comprendía como pocos que las diferencias enriquecen cuando se construyen desde el diálogo. Su compromiso con Chía trascendió sus columnas de opinión.

Sus actividades como ciudadano participativo lo llevaron a ser presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio El Estadio (o Campincito) promovió iniciativas pioneras, impulsó el primer comité cultural dentro de una junta comunal, creó programas para apoyar la educación de niños de escasos recursos y fomentó espacios de lectura convencido de que una comunidad educada siempre será una comunidad más libre.

Creía profundamente en el poder transformador del conocimiento. Quizá por eso fue un maestro dentro y fuera de las aulas. Muchos padres de familia acudían a él buscando orientación. Vecinos, líderes sociales y ciudadanos encontraban siempre una puerta abierta, un consejo sensato o una conversación sincera.

Desde mucho antes de llegar a nuestras páginas, Alberto ya había encontrado en la pluma una herramienta para defender la ciudad. En el periódico El Humanista, junto a Guillermo Jiménez y otros líderes de la época, libró una batalla permanente contra la corrupción administrativa, el narcotráfico y las prácticas que amenazaban el futuro de Chía desde las décadas de los setenta, ochenta y noventa.

Nacido en Cúcuta en 1939, Alberto Vicente Conde Vera llegó hace más de medio siglo a Chía para convertir este municipio en su hogar y en el escenario donde desarrolló buena parte de su vocación de servicio.

Estudió ingeniería industrial, fue profesor de matemáticas, dirigente comunal, gerente de Emserchía, promotor cultural, gestor social, impulsor de proyectos educativos y defensor permanente de las causas ciudadanas.

Pero, por encima de todos esos cargos y responsabilidades, fue un hombre integro.

No necesitaba imponer autoridad. La inspiraba. Detrás de ese hombre comprometido también existía un ser profundamente humano. Junto a su esposa, Graciela Aldana de Conde, su querida “Cielito”, construyó una historia de amor, respeto y trabajo compartido que se convirtió en ejemplo para quienes los rodeaban.

Mientras ella dedicaba gran parte de su vida a la investigación y la academia, Alberto mantenía el contacto cotidiano con la comunidad. Juntos escribían, debatían, soñaban y trabajaban por una sociedad más justa. Eran dos inteligencias complementarias unidas por un mismo propósito: servir. Por ello crearon la Fundación Colibríes, legado que continuaran ella y sus tres hijos y a quienes junto a sus demás familiares y amigos, hacemos llegar nuestros sentimientos de pesar y serenidad ante su partida.

Nunca escribió buscando protagonismo. Escribía porque sentía la obligación moral de hacerlo. Hoy despedimos su presencia física. Pero no despedimos su ejemplo. Porque los hombres íntegros nunca terminan de irse.

Permanecen en las ideas que sembraron, en las causas que defendieron, en las instituciones que ayudaron a fortalecer y en las personas que tuvieron el privilegio de aprender de ellos.

En cada reunión de nuestro Consejo Editorial seguirá faltando su voz pausada, su mirada reflexiva y esa capacidad de recordarnos que el periodismo no existe para agradar al poder, sino para servir a la verdad y a los ciudadanos.

Gracias, querido Alberto, por creer en este periódico cuando muchos dudaban.
Gracias por protegerlo cuando fue necesario.
Gracias por escribir con valentía.
Gracias por recordarnos que la ética nunca pasa de moda.

Y gracias, sobre todo, por demostrarnos que una vida dedicada al servicio de los demás siempre deja una huella imposible de borrar.

Descansa en paz, querido amigo. Las páginas de el Periódico de Chía conservarán para siempre el eco de tus palabras, y esta ciudad seguirá encontrando en tu ejemplo una razón para creer que todavía es posible construir un mejor futuro desde la honestidad, el pensamiento crítico y el compromiso con el bien común.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio