La violencia silenciosa del ordenamiento territorial

 Por Javier Muñoz Reyes | Arquitecto | Diseñador Urbano | Planificador Territorial | Columnista | Opinión |
 El ordenamiento territorial en Colombia siempre se ha presentado como una herramienta técnica capaz de organizar el crecimiento, proteger el ambiente, distribuir cargas y beneficios y garantizar un desarrollo equilibrado entre lo urbano y lo rural. 

En el discurso institucional, los planes de ordenamiento territorial prometen ciudades sostenibles, espacio público de calidad, movilidad eficiente, protección ambiental y mejores condiciones de vida. 

Sin embargo, basta recorrer hoy buena parte de la Sabana de Bogotá para entender que el ordenamiento territorial también puede convertirse en una sofisticada forma de desplazamiento silencioso. 

Un desplazamiento que no necesariamente ocurre mediante la violencia armada, sino a través de decisiones normativas, cambios de uso del suelo, dinámicas especulativas y transformaciones urbanas que terminan alterando profundamente las formas de vida de quienes históricamente han habitado un territorio.

Porque desplazar no siempre significa expulsar físicamente a alguien de su tierra. A veces significa transformar tanto el territorio que quienes lo habitan ya no logran sostenerse en él. 

En municipios como Cajicá, Chía, Cota, Mosquera, Madrid, Sopó o Zipaquirá, esa discusión dejó hace tiempo de ser teórica. 

Allí el crecimiento urbano, impulsado en gran medida por las dinámicas metropolitanas de Bogotá, ha modificado radicalmente la escala, el paisaje y las relaciones sociales de municipios que, durante décadas, tuvieron estructuras rurales o urbanas mucho más pequeñas y equilibradas.

El problema no es el crecimiento urbano en sí mismo. Las ciudades inevitablemente evolucionan, las poblaciones crecen y los territorios cambian. 

El problema aparece cuando ese crecimiento ocurre sin estructura, sin visión regional y bajo una lógica donde el territorio termina subordinado principalmente al negocio inmobiliario. 

Ahí es donde el ordenamiento territorial empieza a parecerse peligrosamente a una forma de violencia estructural: una violencia elegante, técnica y jurídicamente sustentada, pero violencia al fin y al cabo.

Sin embargo, reducir toda la responsabilidad exclusivamente a los alcaldes, concejos municipales o constructoras sería simplificar una realidad mucho más compleja. 

El ordenamiento territorial es también un espejo de las contradicciones sociales de quienes habitan el territorio. Porque buena parte de las dinámicas especulativas no nacen únicamente desde la institucionalidad o desde el sector privado; también surgen desde las expectativas de los propios propietarios del suelo.

En Colombia, particularmente en la Sabana de Bogotá, existe una paradoja territorial profundamente marcada. 

Muchos propietarios rurales quieren que sus predios pasen de suelo agrícola a suelo suburbano o urbano porque entienden y con razón, que un cambio normativo puede multiplicar exponencialmente el valor económico de la tierra. 

Un predio agrícola puede valer diez veces menos que un predio habilitado para vivienda campestre o expansión urbana. 

Y ahí aparece una de las tensiones más delicadas del ordenamiento: la valorización privada generada por decisiones públicas.

Porque vale la pena decirlo con claridad: muchas de las grandes rentas inmobiliarias no nacen necesariamente de procesos productivos, sino simplemente de un cambio en el uso del suelo. 

Un trazo sobre un plano puede convertir un potrero en millones de pesos. El ordenamiento territorial tiene literalmente la capacidad de fabricar riqueza privada de manera instantánea. 

El problema aparece cuando esa valorización genera beneficios enormes para particulares, pero al momento de hablar de plusvalías, cargas urbanísticas o incrementos prediales, entonces surgen discursos donde cualquier mecanismo de redistribución se percibe como injusto o confiscatorio.

Y ahí aparece una de las grandes contradicciones del territorio colombiano. 

Durante años se presiona políticamente para habilitar desarrollos, flexibilizar usos del suelo o incorporar áreas de expansión urbana, pero cuando llegan los costos asociados al desarrollo, mayores impuestos, cesiones de suelo, obligaciones urbanísticas o cargas por infraestructura, entonces muchos descubren súbitamente que “el campo debe protegerse” o que “el municipio perdió su esencia”. 

El discurso cambia dependiendo del lugar donde esté la rentabilidad.

Eso no significa que todos los instrumentos fiscales estén correctamente aplicados o que no existan abusos institucionales. 

Muchos municipios han implementado mecanismos de financiación territorial sin suficiente gradualidad, sin pedagogía y sin estructuras claras de redistribución. 

Pero también es cierto que existe una enorme dificultad colectiva para entender que el desarrollo territorial necesita financiación. 

No es posible exigir mejores vías, parques, colegios, hospitales, redes de servicios, movilidad o espacio público sin aceptar que esos sistemas cuestan dinero.

Y justamente ahí aparece uno de los debates más incómodos del ordenamiento territorial: la relación entre derechos y deberes. 

En muchos casos existe una enorme expectativa frente a los beneficios de la urbanización, pero una enorme resistencia frente a las obligaciones colectivas que implica sostenerla.

El territorio no puede construirse únicamente desde la lógica individual del beneficio privado.

Ahora bien, el problema tampoco se resuelve desde posiciones completamente restrictivas. 

Existe una visión simplista según la cual proteger el territorio significa congelarlo en el tiempo y limitar cualquier posibilidad de transformación. Pero los municipios necesitan evolucionar. 

Necesitan suelo para vivienda, para comercio, para equipamientos, para espacio público, para colegios, hospitales y actividades económicas capaces de sostener calidad de vida. 

Un ordenamiento territorial que prohíba absolutamente todo termina siendo tan inviable como uno completamente desregulado.

El verdadero desafío está en lograr desarrollos coherentes con las capacidades y características de cada territorio. 

Y quizás ahí aparece uno de los errores más graves que han cometido muchos municipios de la Sabana de Bogotá: copiar modelos urbanos completamente ajenos a sus escalas y dinámicas históricas. 

Municipios construidos durante décadas bajo estructuras de baja altura, relaciones de vecindad relativamente cercanas y tejidos compactos terminaron replicando modelos de urbanización masiva importados desde Bogotá, rompiendo abruptamente la escala territorial y humana.

La ruptura de escala es probablemente una de las formas más silenciosas de violencia territorial. 

Porque no se trata solamente de pasar de edificios de tres pisos a torres de quince. 

Se trata de transformar completamente la manera en que las personas se relacionan con el espacio y entre sí. 

Una ciudad construida desde la lógica de la calle, del comercio de proximidad, de las fachadas activas y de la interacción cotidiana funciona de manera muy distinta a un territorio fragmentado por macroproyectos, conjuntos cerrados, porterías y muros.

Ahí cambia todo. Cambia la relación con el vecino, cambia el uso del espacio público, cambia la percepción de seguridad y cambia incluso la construcción de identidad colectiva. 

El conjunto cerrado no solamente transforma el paisaje urbano; transforma también la manera en que las personas entienden la ciudad. 

La lógica de la vecindad se reemplaza por la lógica del encerramiento. La calle deja de ser espacio de encuentro y se convierte simplemente en espacio de tránsito.

Y quizás esa sea una de las mayores tragedias contemporáneas de muchos municipios metropolitanos: el territorio deja de construirse desde la integración y empieza a organizarse desde la segregación espacial. 

Sectores completos terminan convertidos en enclaves residenciales desconectados del tejido urbano tradicional, mientras las dinámicas comunitarias históricas desaparecen lentamente.

Lo más irónico es que muchos de estos proyectos se venden bajo la idea de “volver al campo”, cuando en realidad terminan urbanizando agresivamente la ruralidad. 

Y ahí aparece otro conflicto profundamente simbólico: nuevos habitantes que llegan buscando tranquilidad, paisaje verde y contacto con la naturaleza, pero que al mismo tiempo rechazan las dinámicas reales del campo.

Entonces el establo molesta. Las gallinas hacen ruido. El tractor incomoda. El cultivo genera barro. 

La actividad pecuaria altera “la tranquilidad” del nuevo residente campestre. 

Así, quien históricamente desarrolló actividades coherentes con la vocación del suelo termina convertido en el problema dentro de su propio territorio.

Ahí el conflicto deja de ser únicamente urbanístico y se vuelve cultural. Son distintas maneras de entender el territorio enfrentándose entre sí. 

El campesino entiende el suelo como productividad y permanencia. El nuevo residente muchas veces lo entiende como paisaje y exclusividad. 

El desarrollador inmobiliario lo entiende como rentabilidad. Y el político frecuentemente lo entiende como crecimiento económico y recaudo.

El problema es que todos esos intereses son parcialmente legítimos. 

Y justamente por eso el ordenamiento territorial no puede construirse desde posiciones absolutas ni desde discursos simplistas. 

Ni todo desarrollo es destrucción, ni toda protección garantiza sostenibilidad. 

El verdadero reto está en encontrar equilibrios capaces de permitir crecimiento sin expulsión, densificación sin colapso, inversión sin destrucción ambiental y transformación sin desaparición de las comunidades preexistentes.

Por eso resulta tan peligroso cuando los POT terminan convirtiéndose únicamente en catálogos de expansión urbana o, en el extremo opuesto, en instrumentos completamente restrictivos incapaces de responder a las dinámicas reales del territorio. 

El ordenamiento necesita ser realizable. Necesita instrumentos de financiación, mecanismos de gestión del suelo y capacidades institucionales suficientes para construir territorios equilibrados y sostenibles.

Porque si algo demuestra hoy la Sabana de Bogotá es que el problema no es crecer. 

El problema es crecer sin estructura, sin visión regional y sin entender las consecuencias sociales, culturales y ambientales de cada decisión territorial. 

El territorio no es solamente suelo disponible para urbanizar. Es memoria, identidad, relaciones humanas, economías locales y formas de vida.

Y quizás ahí está la discusión más importante de todas. Entender que el ordenamiento territorial no es simplemente una discusión técnica sobre índices de ocupación, tratamientos urbanísticos o mapas de zonificación. 

Es, en el fondo, una discusión sobre cómo queremos vivir, quiénes pueden permanecer en el territorio y qué tipo de sociedad estamos construyendo a través de nuestras decisiones espaciales

1 comentario en “La violencia silenciosa del ordenamiento territorial”

  1. El Municipio de Chía, así como otros, está creciendo sobre las mentiras ambientales de que estamos listos, que lo que debería existir para poder desarrollar no tiene importancia y se irá solucionando poco a poco, como suministro de agua, alcantarillados, tratamiento de aguas residuales, vías, espacios públicos, salud, educación, seguridad. Los POT de bolsillo para favorecer sus intereses y los de sus financiadores de campaña; mientras tanto, acumulan los costos a los residentes.

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